Conocí a Rosana y a Pablo a través de un aviso en segundamano. Jamás imaginé que por tan solo 25 céntimos de euro iba a conocer a prodigiosa esencia humana junta. Jamás supuse que más allá del “se alquila habitación en piso compartido” iba a encontrar a dos seres que se convertirían, para mí, en imprescindibles. Jamás pensé que le iba a deber tanto a un periódico de clasificados.

Rosana y Pablo son una pareja en peligro de extinción: de las que se casan porque se atreven a sentir intensamente. Porque se han dejado llevar por la piel más que por las ideas. Y han saciado la única idea que los rige, la del amor, amando la idea. Y al amarla la han redefinido. Han ampliado el concepto. Han extendido sus límites. Han creado nuevas enunciaciones, nuevas formas de relacionarse, nuevas formas de decirse que se quieren y de prodigarse cariño. Son verdaderos maestros en la materia. Han convertido un sentimiento en una constante celebración. Se quieren sin tapujos, se lo dicen y lo ratifican confirmando sus terminaciones nerviosas. Es envidiable su anarquía en el afecto. Sus impulsos carentes de reglamentación. La romántica forma en que han usurpado y saqueado sus corazones al punto de ir más allá y hacer latir sus labios, sus bocas, sus ojos, sus manos, su todo. Corre por sus venas sangre ebulliciente. Y es esa sangre la responsable de la enorme pasión con la que empapan cada uno de sus actos, con la que impregnan cada una de sus acciones, con la que transforman cada momento compartido en magia en estado puro. Y si hay un mérito aún mayor, es su capacidad de contagio. A su lado uno se infecta de pasión, se contamina de afecto, se enferma de ternura. Han propagado la más hermosa y saludable de las epidemias. Son dos seres maravillosos que hacen que uno se sienta maravilloso a su lado porque impulsan lo mejor de cada uno y nos alimentan del deseo de querer ser mejores personas.

Todos debemos sentirnos profundamente privilegiados de haberlos encontrado en nuestros caminos. De habernos cruzado a dos seres que si ya de por sí son maravillosos y entrañables en su singularidad, juntos se elevan a la máxima potencia. Juntos ubican en la categoría de lo admirable cada cosa que hacen. En la categoría de lo extracotidiano. Cuando caminan cogidos de la mano dejan de sentir el suelo y van a ras de él, flotan en el aire. Y no pueden dejar de pensarse porque se pierden cuando no se piensan. No se encuentran cuando se dejan de pensar. Se quieren y eso lo es todo, lo abarca todo, lo tiñe todo. Y, gracias a ello, hacen realidad cualquier quimera, hacen posible cualquier utopía. Ellos mismos son una gran utopía hecha realidad.

Difícil será atreverse a casarse a partir de mañana. Han colocado el listón demasiado alto.

No puedo dejar de sentirme orgulloso y sumamente honrado por ser testigo de este crucial acontecimiento. Y me equivoco, porque aunque sean hoy ellos los protagonistas de esta magnífica boda, gracias a su extraordinaria naturaleza, y ese inigualable poder de contagio, nos hacen experimentar la certera sensación de que también cada uno de nosotros es un protagonista especial de este casamiento. Gracias.

Si la vida vale de veras la pena es porque existen en ella seres de la talla de Rosana y Pablo. Personas como ustedes le dan sentido a la vida. Yo no creo en Dios. Yo creo en ustedes, los venero y los admiro. Ustedes son mis dioses. Aleluya y felicidades.