“En el mismo torrente, en la tempestad y hasta en el huracán de una pasión se debe mostrar una templanza que lo haga armonioso”
(Hamlet, Shakespeare)

Un bolso es acarreado. Un bolso despierta una sensación. Un trompo gira sobre una mano. Un trompo despierta un sentimiento. Ineludible. Una historia comienza a girar. Inevitable. Comenzamos a adentrarnos en la audacia del detalle. La minuciosidad de cada momento. Imprevisible. Una mancha de moho de un verde intenso sobre una pared de ladrillos nos sumerge en un estado. Las cosas pequeñas nos sumergen en estados profundos. Cada detalle cobra sentido. Cada sentido es un detalle. Los elementos cobran una vida distinta a la que nos tienen acostumbrados. Cine de estados. Cine experimental que experimenta con los estados para que el espectador experimental experimente con los suyos. Las imágenes son cuadros que uno contempla con cierto distanciamiento en un principio, pinturas que destilan vida, y luego, de a poco, uno va siendo atrapado por esos cuadros, armoniosamente fagocitado al punto de transformar la cámara en uno mismo inmiscuyéndose en esa vida. Un constante ir y venir entre el sentirse contemplador y sentirse partícipe de lo que antes se ha contemplado, de lo que se está contemplando. Cada plano destila mucho cuidado y uno se siente cuidado por cada plano.

Cine de descubrimientos. Cine que potencia el desciframiento de subtextos. Descubrir no lo que hay detrás de las puertas de un armario o una nevera sino delante de ellas. Descubrir lo que no dicen en textualidad los actores sino los objetos, los carteles, los animales. Descubrir lo que hay refractado detrás de una imagen. La mirada a través del espejo, la mirada refractante. El exterior como reflejo refractante, así como los espejos, del movimiento interno que sucede en los personajes que por momentos casi ni se mueven. Se mueve el entorno que desparrama lo que se ve de lo que no se ve. El ritmo aparentemente denso esconde un devenir vertiginoso. No pasa nada, pasa todo. La espera, el tránsito. Los tránsitos hacia las esperas.

Cine de rastros. Los rastros que van dejando en los planos las cosas que se mueven. Los rastros de los ladridos como palabras escondidas –recordándome también a un plano del documental 20 minutos, documental que también deja sus buenos rastros-. Los rastros de los sonidos. Su conjugación. La alarma de un coche, el motor de una lancha, el motor de un bote, los pájaros, los grillos, la flauta, el saxo y hasta una tos que nos despierta la necesidad de volver a oírla. La imbricación de los sonidos y los personajes como rastros que los definen.

Cine de interrogantes. Cine que te llena de preguntas. De reflexiones. De asociaciones. ¿A dónde van estos personajes? El bote y el rumbo difícil de definir o conseguir encarrilarse uno en él. ¿A dónde va uno? La película te vacía para enseguida llenarte y volver a vaciarte y así sucesivamente. Uno reflexiona durante y después. Uno se sumerge durante y sigue sumergiéndose después. Uno se sumerge en preguntarse en qué está realmente sumergido. No en vano la constante presencia del agua, el caudal, la corriente.

Incluso la lluvia que llega casi al final y con ella la soledad que se instaura arrastrada por la soledad ya instaurada. Un juego de encastres de soledades. El bote vacío, el barco vacío, el vómito que vacía y que es el del personaje y es el del espectador como canalización de los estados y sentimientos que el largometraje le ha ido confiriendo.

La toma de clásico final, el alejamiento progresivo de la cámara, que antecede al final.. Una vez más un brillante efecto que nos predispone de una particular manera a sentir lo que aún falta.

Y aún falta deleitarse con un paisaje, de abrumadora belleza, que vuelve a removernos todos los estados y sentimientos que ya creíamos sedimentados.

Y aún falta que los perros ya no ladren.

Aún falta que regrese la tos.

Y el bolso que así como fue principio es conclusión.

Y el trompo que nos transmite la sensación de haber sido el motor subyacente de todo lo que ha ido girando. Pero el trompo ya no gira, no se le puede hacer girar, entonces, al final, con la música interpretada por esos tres muchachos -que son diferentes facetas de una misma persona pero no son la misma persona-, comienza otro giro.

Es el trompo que a comenzado a girar dentro de uno.
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FICHA TÉCNICA

Intérpretes: Tatiana Saphir, Javier Drolas, Agustín Repetto, Martín de Goycoechea.
Fotografía: Lucas Luna
Cámara: Lucas Luna
Dirección de arte: Jorge Bernal y Victoria Gomez Grün
Música: Javier Drolas, Agustín Repetto y Martín de Goycoechea
Montaje: Maruja Bustamante y Martín Rago
Sonido: Guillermo Picco
Producción: Nicolás Álvarez y Sofía Alurralde
Foto fija: Maricé Maser
Sonido directo: Julián Catz
Dirección: Nicolás Alvarez e Ivan Wolovik.